‘Contragolpe’

NEUTRAL CORNER

Peter Quillin es un boxeador norteamericano, descendiente de cubanos, que por ello decidió adoptar el apodo de Kid Chocolate, como el mítico Eligio Sardiñas de El Cerro habanero. Nació en Grand Rapids (Míchigan), a tan sólo dos casas de la de Floyd Mayweather. De hecho, cuando Quillin se proclamó campeón mundial del peso medio, se dijo que nunca en la historia había ocurrido antes que dos propietarios vigentes de cinturones ocuparan viviendas en la misma manzana, tan cerca como para pedirse sal el uno al otro. Cuando logró ser campeón, Quillin pareció coronar una historia de superación propia del boxeo. Dijo que le gustaba sentirse el macho proveedor de la familia después de que fracasara en ese empeño un padre que entraba y salía de la cárcel y que, en el apogeo de su hijo, se humillaba para recibir fajos de billetes. Arregló las casas de sus familiares. Llenó de joyas a una madre que aseguraba haber sido la primera en detectar el talento del púgil cuando aún era niño: «Ustedes no saben cómo esquivaba mis golpes cuando intentaba pegarle en la cocina».

Fue entonces cuando Quillin, flamante campeón mundial, hizo algo extraño que arruinó su carrera. Una de las circunstancias más polémicas del boxeo es la elección de rivales con los que deben cruzarse los campeones. Éstos, que ocupan una posición dominante en la elección, sobre todo cuando los lleva un promotor capaz de maniobrar en la oscuridad, a menudo esquivan a los candidatos más peligrosos para garantizarse unas cuantas bolsas añadidas y, de alguna forma, demoran peleas esperadas por todos y envilecen el negocio con una sensación de fraude al público. De los actuales, un boxeador temible que ha sufrido ese ninguneo es Golovkin, a quien no han podido relegar durante más tiempo los conductores de la carrera de Canelo Álvarez: su pelea tendrá lugar este mes de septiembre.

Con tal de no cruzarse con alguien, los promotores de los campeones a veces hasta sacan a un boxeador del circuito pagándole, contratándolo como sparring y prometiéndole apoyo posterior si deja que la carrera del campeón apure unas cuantas peleas menores más. Se cuenta que Óscar de la Hoya pagó un millón de dólares a Roman Karmazin porque se sentía incapaz de ganarle: lo tuvo con él en su gimnasio, como miembro de su equipo, y luego arregló que fuera campeón, una vez que él se había retirado. El caso de Peter Quillin, el motivo por el que deshonró el apodo de Kid Chocolate, fue parecido a todo esto, pero peor: por primera vez, un campeón aceptó dinero para no defender su título y dejarlo desierto. El intrigante que lo arregló fue Al Haymon, un promotor de pésima reputación pero con mucho poder que apenas ha permitido que lo fotografíen mientras otros, como Don King, hacían el show y se quedaban con la fama gansteril. Al Haymon pagó a Quillin para que hiciera algo inconcebible en un boxeador con ambición justo cuando se corona campeón. apartarse, dejar vacíos de contenido sus mejores años en primera fila de exposición, renunciar a la gloria y a las bolsas. Alguien pensará que cobrar dinero por no recibir golpes es mejor que cobrar dinero por recibirlos. Quien piense eso no conoce el alma de un boxeador ni podrá entender la traición al destino y a los dones concedidos que cometió Quillin.

En algún momento, Quillin fue consciente de todas las páginas de gloria que se había dejado sin protagonizar e intentó volver. Ya no lo hacía como campeón. Y, además, una vez que se bajó de la ola, había perdido el swing. Como el marino de Mishima, que había perdido la gracia del mar. La última vez que fue visto sobre un ring, en Brooklyn, aguantó apenas un minuto la paliza propinada por Danny Jacobs: Quillin aceptó que el árbitro le parara el combate con una de las miradas de miedo más expresivas que jamás vi en un boxeador.

Esta historia de Quillin forma parte de las extraordinarias tres que cuenta un documental de Netflix dirigido por Jay Bulger, Contragolpe, que nadie que ame este deporte puede dejar de ver.