La cena

REINOS DE HUMO

Amanece el sábado y empieza la liturgia de preparar la cena. Cena oficial con amigas de ella. Esbozar mentalmente el menú desde la cama, levantarse antes de lo habitual para llegar al mercado a una hora razonable. Visto el género, volver con una merluza buena y unos calamares bien frescos. Comer ligero y, tras una siesta corta para no apurar mucho el tiempo, a oficiar. Repasar escamas, preparar y cortar verduras. Arrancar con el arroz con leche y pensar en la mesa: qué mantel y qué platos. Llegan las invitadas, peripuestas, dan dos besos y sobreactúan. Servir aperitivos mientras llegan las retrasadas y abrir la primera botella de vino. En la cocina hace calor. Entras decidido a empezar la función. Concentración, tensión, disfrute. Repasar la salsa, calcular la temperatura del horno y comprobar que no le falte cayena al sofrito. Los calamares reposan y engorda la salsa con el fuego al mínimo. Una de ellas entra en la cocina copa en ristre, con una sonrisa amplia mira al cocinillas, que suda de tensión, y lanza la bomba. La bomba atómica: «Ay, no te preocupes tanto que la comida da igual, que lo importante es vernos, que estemos juntos». El cocinillas gira la cabeza hacia el puchero para no explotar y calla mientras le desea las diez plagas de Egipto: piojos, moscas, úlceras, la muerte del primogénito, tinieblas y oscuridad, granizo y fuego. Ocurrió tal y como les cuento el año en que supimos de Monica Lewinski. Una cita de Brillat-Savarin me revivió ayer lo sucedido: «El que recibe a sus amigos y no presta ningún cuidado personal a la comida que ha sido preparada, no merece tener amigos». El cocinillas nunca volvió a preparar una cena para ellas.